800 mujeres asesinadas en una década. Una década perdida. Pero no son sólo ellas. Son las que denuncian, y las que no tienen posibilidad de hacerlo. Las que caminan con miedo por la calle con las llaves en el puño, por si acaso. Las que son acosadas en el trabajo. Las que son humilladas y amenazadas en sus casas. Las que son golpeadas. Las que son violadas por extraños o por conocidos. Somos nosotras.

Las asesinadas y las vivas. Las que están y las que faltan. Todas.

Para que no quiebren, se rescata a los bancos. Para rescatarlos, se recorta en prevención de la violencia, se cierran centros de acogida. Se privatizan servicios de atención a mujeres. Se destina un 0.01% de los Presupuestos Generales del Estado a la lucha contra la violencia machista. Esas, nosotras, las que valemos el 0.01%, cuyos derechos, cuyas libertades y cuyas vidas están siendo recortadas, salimos a la calle a decir la vida de las mujeres no se recorta. Que si tocan a una, tocan a todas.

Así que aquí estamos. Todas. Y cada una.

Las que están y las que faltan, y también los que hacen falta. Porque si tocan a una, también tocan a todos. Que cada vez que matan a una mujer, una compañera, una amiga, una madre, una hija, una ciudadana, el compromiso que nos hicimos como sociedad se destruye. Salta al espejo desde donde nos mira y nos recuerda lo que debimos ser y no fuimos.

Las que debían estar y ahora faltan. Las queremos todas. Nos queremos vivas. Nos queremos todas, todas, ni una menos. Queremos ganar el futuro. Queremos salir a vivir. Mirarnos en otro reflejo en el que no falte nadie. Queremos un país sin violencias machistas.

Y podemos conseguirlo.