Vimos el pasado sábado que sí hay una España capaz de seducir a Cataluña: la España del cambio

El País, LLUIS RABELL
Candidato por Catalunya sí que es Pot a la presidencia de Catalunya

Cantaba Georges Brassens que en este mundo no hay mayor pecado que el de no seguir al abanderado. Durante demasiados años hemos visto cómo crecían de tamaño las banderas al tiempo que la soberanía democrática se iba haciendo más y más pequeña. El incremento de las desigualdades, el recorte de derechos o la corrupción son incompatibles con una democracia merecedora de este nombre. Como también es incompatible con una democracia avanzada el uso de «leyes mordaza» para reprimir la protesta social o impedir que la ciudadanía de Cataluña pueda ejercer libremente el derecho a decidir su futuro político.

Mientras los partidos gemelos de Mas y Rajoy se cosían a navajazos en un enfrentamiento espectacular e irresponsable, en Cataluña la gente se unía para ocupar las plazas, para parar desahucios, para clamar contra la corrupción, para proteger la sanidad de todos, para reclamar su derecho a decidir de forma democrática, para recuperar su soberanía ganando sus Ayuntamientos. Como en mi juventud, hemos vuelto a marchar juntos sin importar en qué lengua hablase cada uno, sin preguntar a nadie de dónde se venía, sino hacia dónde quería avanzar. No vamos a dejar que la Cataluña que construimos con esfuerzo se lo apropien los mismos que la llevaron a la ruina, no podemos construir un futuro mejor con quienes nos recortan el presente y tiñeron el pasado de vergüenza. Pero tampoco vamos a tolerar ni un solo paso atrás en la defensa de unos derechos nacionales amenazados por el renovado centralismo del PP.

Este anhelo común de democracia fue el pegamento que mantuvo unidas a España y Cataluña después de la dictadura. Y es el que ahora también nos une con otros pueblos de Europa en la lucha por una Europa realmente democrática que no nos avergüence con su indiferencia criminal ante quienes huyen de la guerra y la opresión.

En los últimos días hemos visto desfilar por el panorama mediático a los abanderados del miedo, el egoísmo, la corrupción; dirigentes con banderas de diferentes colores, pero con un mismo himno: el himno del no se puede. Nos cuentan que en Cataluña no se puede hablar de las políticas que aplicará el próximo Govern respecto a la vida cotidiana, que en España no se puede llevar a la Moncloa el cambio que ya ha llegado a sus principales Ayuntamientos, que en la Europa del diktat alemán solo cabe la resignación y la obediencia.

En todo este intercambio epistolar ¿ha planteado alguien cómo solucionar los problemas derivados de la privatización hospitalaria? ¿Y cómo combatir la desigualdad rampante, verdadera amenaza a la cohesión social? ¿Podemos hablar de las 14 mujeres asesinadas en Cataluña en lo que va de año? ¿Alguna propuesta sobre la mesa para generar empleo estable y mejorar los salarios en una Cataluña en el que el 80% de los contratos firmados este año son de menos de tres meses? ¿A nadie le preocupa el futuro de las pensiones que sostienen el 21% de los hogares de Cataluña, la comunidad autónoma con mayor número de pensionistas? ¿Qué patria defienden los que callan ante la amenaza de seísmos que traería el nuevo Proyecto Castor frente las playas de Tarragona?

Tenemos clara nuestra hoja de ruta hacia una Cataluña democrática, libre y próspera. El primer paso es un 27 de septiembre en el que seamos capaces de impedir la reelección de Artur Mas como president de la Generalitat, construyendo una mayoría que nos permita impulsar de forma inmediata políticas que hagan frente a la emergencia social. El segundo paso será un 20 de diciembre en el que Cataluña se sume a un rotundo No a Rajoy y un esperanzador Sí al cambio. Sí al diálogo, al debate y a la solución democrática de las legítimas diferencias, a construir soberanía ampliando los límites de la democracia para decidir también sobre unas políticas económicas y sociales que necesitamos más que nunca. Sí a que Cataluña pueda decidir su futuro en referéndum, realizado con todas las garantías y no en unas elecciones que tienen otra función: escoger una mayoría de gobierno. Sí a un proceso constituyente que nos permita decidir en libertad y sin cortapisas, como ciudadanos iguales, de qué manera nos organizamos para afrontar una crisis urgente en lo social, lo económico, lo político y lo ecológico.

Las amenazas de quienes enarbolan la bandera del miedo y el himno del no se puede solo echan gasolina al fuego. La sociedad catalana está harta de ese discurso, de insultos y de desprecios. Vimos a principios de septiembre que sí hay una España capaz de seducir a Cataluña: la España del cambio, de Carmena y Santisteve, de Noriega y Kichi. Hoy, como hace 40 años, solo el anhelo de libertad suscita la fraternidad que tanto necesitamos. Hoy, como hace 40 años, la clave está en la democracia. Sí se puede.

 * Leer artículo en El País