En las elecciones celebradas el 4 de septiembre en el Estado alemán Mecklemburgo-Antepomerania, Alternativa por Alemania (AfD) logró colocarse en segundo lugar con el 21,1% de los votos, superando al partido de Angela Merkel (19,4%) en su propia región y sólo por detrás del partido socialdemócrata SPD, que ganó con un 30,6%. Todos los partidos retroceden, excepto AfD, y los Verdes salen del Parlamento regional. AfD ha centrado su campaña en mensajes de marcado tinte xenófobo contra las políticas de inmigración y acogida de personas refugiadas de Angela Merkel.

Con este resultado, saludado por el Frente Nacional de Marine Le Pen, el partido ultraderechista está ya presente en 9 parlamentos regionales, a la espera de que dentro de dos semanas entre también en el de Berlín. Hoy en día las encuestas le colocan como tercera o cuarta fuerza nacional, con cerca del 10% de los votos, de cara a las elecciones federales de otoño de 2017. Hay que recordar que Mercklemburgo-Antepomerania es uno de los Estados más pobres y con una de las mayores tasas de desempleo del este de Alemania desde la época de la reunificación. Es reseñable que el porcentaje de inmigración en este Estado es el tercero más bajo de Alemania, y apenas llegaba en 2013 a un 3,2 por ciento de la población. En España ese porcentaje era del 10,7 en 2014.

Desde Podemos nos negamos a asumir que el crecimiento del extremismo ultraderechista se convierta en la normalidad política de Europa. Lo hemos visto en Austria, en Hungría, en Finlandia, en Dinamarca, en el Reino Unido, en Francia: las políticas austericidas adoptadas tras la crisis económica de 2008 han dejado en el abandono a millones de ciudadanos y ciudadanas europeas, arrebatándoles los derechos laborales y sociales, desmontando el Estado del Bienestar y construyendo modelos de sociedad donde reina la precariedad, se normaliza la exclusión social y crece la desigualdad hasta extremos no vistos en el continente desde la Segunda Guerra Mundial. Ese es el contexto en el que crecen los monstruos del autoritarismo, la xenofobia, el racismo y la jerarquización de las formas de vida, sustituyendo la cohesión social por un discurso del orden, la autoridad, la discriminación y el odio al diferente. Tampoco es una novedad en la historia de Europa.

Además, Europa sigue insistiendo en una política exterior fallida, desnortada e ineficaz que no solo se ha demostrado incapaz de garantizar la seguridad de los europeos, sino que sirve también como caldo de cultivo para estas opciones ultraderechistas. En vez de trabajar por la creación de un sistema de asilo común ante la crisis de las personas refugiadas, la UE renunció a cumplir sus principios básicos en materia de derechos y libertades al suscribir el acuerdo con Turquía. Un tratado denunciado por multitud de organismos internacionales, ineficaz para gestionar la llegada de personas refugiadas, que supone una violación sistemática de derechos humanos y deja en manos de una Turquía entregada a una inaceptable deriva autoritaria la capacidad de influir en la política interior y exterior de la UE. En lugar de adoptar políticas efectivas contra el terrorismo internacional -basadas en el refuerzo de las labores de inteligencia, la regulación estricta de los flujos ilícitos de capital y del creciente mercado ilegal de armas y municiones, soluciones policiales de proximidad con un enfoque global de la seguridad, medidas de integración y no discriminación de grupos sociales reforzadas por políticas laborales y educativas proactivas, así como una política exterior coherente y basada en los derechos humanos y la democracia- se incide en políticas que se han demostrado ineficaces y que están fomentando un caldo de cultivo social para el auge del miedo, la intolerancia y la discriminación, auténtica mina para los partidos de extrema derecha.

Frente a esta situación, no nos podemos permitir no actuar o continuar por el mismo camino. Es necesario avanzar en la construcción de una Europa realmente democrática, abierta y con una política exterior diferente, que honre los valores de libertad y justicia social que hoy se ven asediados por la política ciega de la austeridad. Sin embargo, nuestro Gobierno permanece inactivo en su retórica europeísta y sumisa para no contrariar a las élites económicas y políticas de Bruselas, obediente ante la extorsión y las imposiciones económicas por parte de poderes no elegidos, sin apostar por soluciones políticas y alianzas con otros países que puedan revertir en unas mejores condiciones de vida para todos los pueblos del continente. En el caso de las personas refugiadas, España, que no sufre los graves problemas de discriminación y xenofobia que otros países europeos, debería ser un ejemplo de lo mejor de la historia de Europa para ofrecer otras políticas y evitar que los partidos xenófobos crezcan en este caldo de cultivo. Ante el avance de la internacional reaccionaria, quienes defendemos la democracia y la justicia social como principios inquebrantables de nuestras sociedades y de Europa no debemos ni podemos dar ni un paso atrás.