¿Quién no conoce L’estaca, compuesta por Lluís Llach y canción emblemática de la lucha antifranquista?

El Huffington Post, GERMÁN CANO
Miembro del Consejo Ciudadano de Podemos

¿Quién no conoce L’estaca, compuesta por Lluís Llach y canción emblemática de la lucha antifranquista? «Siset, que no veus l’estaca on estem tots lligats? Si no podem desfer-nos-en mai no podrem caminar!». Sí, hemos caminado desde 1968 y asistido a muchas metamorfosis políticas desde entonces, incluso el propio Llach ha pasado a formar parte de Junts Pel Sí, la candidatura tras la que busca camuflarse Artur Mas para repetir su presidencia.

Sin embargo, la metáfora sigue valiendo la pena. Se ha cantado, por ejemplo, en muchos mítines de Podemos, como símbolo de unión de catalanes y españoles en pos de un mismo objetivo: la lucha de la ciudadanía contra la bunkerización de la casta política. Porque tanto entonces como hoy la única forma de liberarse de las estacas sigue siendo impulsar una acción colectiva desde la ciudadanía, no dando un balón de oxígeno a quienes, protagonizando un nuevo ejercicio de transformismo, ahora desde ese carnaval de máscaras del agrio enfrentamiento, han votado lo mismo, practicado la misma política y yugulado de la misma forma derechos sociales conquistados por generaciones anteriores.

Muchos recordamos L’estaca cuando Felip Puig entró a «limpiar» la Plaza Catalunya durante el 15M; L’estaca seguía cuando CIU aprobaba una y otra vez los presupuestos más restrictivos de nuestra democracia o cuando vio con buenos ojos la infame reforma constitucional exprés o la Ley de Estabilidad, que desautorizaba toda política social más allá del mantra de la austeridad.

Por ello, tras el ruido de una campaña que algunos sólo quieren marcar al ritmo plebiscitario, se puede escuchar esta canción. La que nos cuenta cómo, en pleno proceso de disgregación del escenario político forjado en el Régimen del 78, tanto las elites catalanas como las españolas han entrado en una lucha fratricida por no tocar fondo. A su modo, Pujol habló explícitamente de la nueva estaca a punto de caer: «Si vas segando la rama de un árbol al final cae la rama […] caerán todos». En efecto, «si jo l’estiro fort per aquí i tu l’estires fort per allà, segur que tomba, tomba, tomba, i ens podrem alliberar». Pero nuestra estaca, hoy, en Catalunya y España, es la misma. Y los que pueden caer, también.

Suele ser privilegio del opresor decidir lo que quiere ser; es este derecho el que deben reclamar quienes se sienten oprimidos. Pero la historia de las reivindicaciones nos ha enseñado no pocas veces que el problema al que deben enfrentarse las legítimas demandas soberanistas es que, en ocasiones, la perpetuación de sus identidades y lealtades políticas necesita también, paradójicamente, la perpetuación de esas mismas condiciones opresivas que las crearon. De ahí el dilema. Catalunya debe cambiar para que cambie España, pero España debe cambiar también para que cambie Catalunya. Por ello el derecho a la autodeterminación catalán se merece mucho más que una independencia liderada por unas elites contra otras; se merece también un generoso esfuerzo de imaginación política que, lejos de toda imposición coercitiva, pueda infiltrase en la fibra de la sociedad catalana con tacto, habilidad y seny, liderando un proceso de cambio real que ponga fin al saqueo de lo público por parte de las elites.

En verdad, esta capacidad de seducción dista de ser la norma estos días de campaña del miedo, sobre todo cuando desde el paternalismo de Felipe González a la chusca chulería de García Albiol, los mensajes parecen más orientados a ofender y cerrar las filas propias que a estar a la altura del sentido común reinante. Es cada vez más evidente que el comportamiento de Mariano Rajoy como un simple registrador de la propiedad, demorando el momento político hasta el infinito, solo ha agravado el problema. Un sentido común, todo sea dicho, que no es ese ideal aséptico y edulcorado al que Ciudadanos quiere interpelar para evitar las incomodidades de hacer política social, desde y con la gente de la calle, sino un campo de juego desigual, resbaladizo y repleto de comprensibles ambivalencias y dudas. Que un «tapado» Artur Mas haya buscado y endurecido en estos días de campaña su confrontación con la candidatura Sí que es Pot liderada por Lluis Rabell, presidente de la histórica Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona, es un síntoma. Indica en el fondo que, alcanzado su techo movilizador, el «Sí» es cada vez más consciente de la necesidad de seducir en el complicado caladero de los indecisos y que una nueva fuerza política más allá de esta falsa alternativa del Sí y del No está creciendo paso a paso en Catalunya.

¿Cómo liberarnos hoy de esta estaca? Basada en hechos reales, una película reciente, Pride, se centra en las dificultades que tuvieron que enfrentar en los años 80 un grupo de gays y lesbianas londinenses que decidieron apoyar a los mineros en huelga en el momento en que Margaret Thatcher decidió aplicar su rodillo neoliberal. Pero el film también capta la alegría política nueva que irrumpe, desbordante, cuando uno encuentra un aliado en principio no esperado, el movimiento orgulloso de futuro que se construye partiendo de un mínimo común denominador por debajo de la diferencia de lenguas y estilos de vida particulares. ¿No es esta fraternidad del cambio la que se ha empezado a tejer recientemente entre los ayuntamientos de Madrid y Barcelona, entre Colau y Carmena? Una escena de la película alude a un estandarte del centro social minero de más de cien años. Es un símbolo, dos manos. «Eso es lo que el movimiento obrero significa o debería significar- dice uno de los líderes mineros-: tú me apoyas, yo te apoyo. Seas quien seas, vengas de donde vengas. Hombro con hombro, mano a mano».

En Pride, los dos grupos hablan lenguajes diferentes, poseen estilos de vida diferentes -las fricciones son habituales al comienzo-, pero ambas posiciones terminan encontrando un mismo código fraternal en sus particulares luchas contra la injusticia, así como contra un enemigo común. Todo ello les lleva a ser más y mejores de lo que eran antes. Este hermanamiento no cae del cielo como un deber internacionalista; solo nace de un orgullo, nada etnicista por lo demás, respecto a nuestra cultura, de sus aprendizajes emocionales prepolíticos, de prácticas comunes arraigadas históricamente, pero también -y esto es lo decisivo- posee potencialmente una dimensión que busca lo universal desde lo particular.

Parece difícil pensar que podamos sacar nuestra estaca sin un hermanamiento cultural desde abajo, transversal, entre la nueva España y la nueva Catalunya como el que propone Sí que es Pot. El éxito que han tenido Mas y los suyos a la hora de hegemonizar un Procés soberanista de indiscutible fuerza social y masiva contrasta con la incapacidad, tanto de la derecha como de la izquierda, de comprender las hondas imbricaciones existentes entre lo cultural y lo político. Por ello este proceso no puede combatirse políticamente más que seduciendo y buscando cada vez más aliados, pero siempre desde un «particularismo» popular que respete los sentimientos y valores de la nación catalana y no se limite cómodamente a denunciarlos como un obstáculo.

 * Leer artículo en Huffington Post