Los sucesos de Turquía son tremendamente preocupantes. Anoche lo dijo Pablo claramente: nosotros no somos amigos de Erdogan, un dirigente bajo cuyo mandato se han producido gravísimas violaciones de derechos humanos en el país, pero en democracia los Gobiernos se cambian en las urnas. Por esa razón Podemos condena sin ambages el intento de golpe de Estado, y lamenta y condena la pérdida de vidas que se produjo en los enfrentamientos.

Es esa misma defensa de la razón democrática, sin embargo, la que nos ha llevado en el pasado y nos lleva hoy mismo a expresar nuestra preocupación, censurar y condenar la deriva autoritaria del gobierno de Erdogan en los últimos años. Tan solo hace unos días, Human Rights Watch denunciaba el bloqueo por parte del Gobierno de Erdogan a las investigaciones independientes sobre la muerte de entre 300 y 1000 civiles a manos del Ejército Turco durante los sitios que han sufrido varias ciudades kurdas desde julio de 2015. Además, en los últimos meses, el Gobierno ha vuelto a encarcelar a periodistas por publicar informaciones poco favorables al gobierno, y ha aumentado la persecución contra representantes democráticamente elegidos.

Esta deriva, continua y sostenida en el tiempo, no puede bajo ningún concepto salir reforzada o legitimada de esta intentona de levantamiento militar. La solución a los problemas de Turquía no pasa por menos democracia, sino por más: más respeto a los votos, más Estado de Derecho, negociaciones de paz, respeto de la dignidad y las derechos de las minorías en un país diverso y plural, que en los últimos años ha visto empeorar muy gravemente la convivencia y la calidad de su sistema democrático.

Estos acontecimientos son también el enésimo toque de atención para la Unión Europea, que prefirió firmar el denominado acuerdo de la vergüenza externalizando la gestión de la crisis de las personas refugiadas a Turquía, y reforzando así las actuaciones más autoritarias del gobierno de Erdogan. En esa deriva, Europa enterró las posibilidades de avanzar hacia una relación mutuamente beneficiosa, fundamentada en el avance democrático y en la protección de los derechos y libertades de las poblaciones turcas y kurdas. La postura de la Unión Europea no solo es errática y vulnera sus obligaciones legales con los refugiados, sino que también fomenta las peores tendencias en las relaciones con sus aliados y vecinos. Hace falta una auténtica política exterior europea que trabaje de manera conjunta y coherente en defensa de los derechos humanos, el respeto democrático y la resolución pacífica de los conflictos. Desgraciadamente, a día de hoy estamos muy lejos de esa situación. Nosotros trabajaremos sin cesar para lograrlo.